Vaya por delante que escribo esto más como diario de a bordo que porque crea que el mundo estaba esperando mi opinión sobre la inteligencia artificial. Tranquilos todos: la humanidad podía seguir adelante sin este artículo. Pero me apetece dejar constancia de dónde estamos ahora, volver dentro de un año y ver cuántas cosas de las que escribo aquí han envejecido como la leche al sol. O peor.
Si estás leyendo esto, mis respetos. Has decidido entrar voluntariamente en una reflexión larga sobre modelos, agentes, automatizaciones, ciencia ficción y pequeños negocios intentando no morir sepultados bajo correos, WhatsApps y tareas pendientes. No sé si eso habla bien de ti, pero desde luego habla de cierta valentía.
Debo comenzar explicando que llevo ya un tiempo trabajando con modelos de inteligencia artificial. Prácticamente desde que apareció el primer ChatGPT abierto al gran público, cuando muchos tuvimos por primera vez la sensación extraña de estar viendo cómo algo que habíamos leído durante años en novelas de ciencia ficción empezaba a hacerse tangible delante de una pantalla. No era perfecto, ni mucho menos. A veces era torpe, a veces brillante, a veces desesperante y a veces peligrosamente convincente incluso cuando se equivocaba. Pero había algo ahí. Algo que no se parecía a una simple herramienta nueva, sino a una grieta abierta en la forma en que nos relacionábamos con la información, la escritura, la creatividad y el trabajo.
Para quienes hemos leído ciencia ficción durante más de media vida, aquello tenía un punto casi incómodo. No porque el futuro se pareciera exactamente a lo que nos habían contado los libros, que pocas veces aciertan en los detalles prácticos, sino porque algunas ideas largamente imaginadas empezaban a bajar de las estanterías y a instalarse en el escritorio. Máquinas capaces de conversar, sistemas que podían ayudarte a ordenar pensamiento, asistentes que seguían instrucciones, herramientas que escribían, explicaban, corregían, resumían, proponían y, en cierto modo, colaboraban. No era una inteligencia artificial consciente observándonos desde el otro lado de la pantalla. No era HAL 9000, ni las mentes sofisticadas de Iain M. Banks, ni los fantasmas tecnológicos de Philip K. Dick. Era algo más rudimentario, más terrestre, más imperfecto si me apuras. Pero era real.
Conviene recordar, además, que la inteligencia artificial no empezó con ChatGPT. La IA llevaba décadas avanzando en universidades, laboratorios, grandes tecnológicas, sistemas de recomendación, reconocimiento de voz, visión artificial, traducción automática, publicidad, buscadores, filtros antispam, asistentes digitales y mil rincones que usábamos sin pensar demasiado en ellos. Lo que cambió con los modelos conversacionales fue otra cosa: la IA salió del sótano técnico y se puso delante de cualquiera con acceso a un ordenador y conexión a Internet. Dejó de ser una infraestructura invisible y pasó a ser una ventana abierta en la que podías escribir una pregunta y recibir una respuesta. Y eso, por simple que parezca ahora, fue un cambio enorme.
Ahí empezó el boom. Y con el boom llegó la comercialización masiva, la fiebre, las promesas, las exageraciones, los sustos, los avances reales y también esa fauna maravillosa de internet que descubre una tecnología el martes y el jueves ya vende mentorías para dominarla “antes que tu competencia”. Internet, en fin, siendo Internet. Pero debajo de todo ese ruido había, y sigue habiendo, una aceleración muy real. OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Microsoft, xAI, Runway, Pika, Kling, Seedance, Midjourney, ElevenLabs, Perplexity y una lista cada vez más larga de empresas han entrado en una especie de carrera armamentística en la que cada semana parece aparecer un modelo nuevo, una mejora inesperada, una demo que deja a medio mundo con la boca abierta o una herramienta capaz de convertir en viejo lo que acababas de aprender hace quince días.
Mientras escribo estas líneas, todavía está caliente el anuncio de GPT-5.5, presentado por OpenAI como un modelo más fuerte para trabajo complejo, código, investigación, análisis de datos y tareas con herramientas. La propia documentación habla de una IA más capaz de moverse entre herramientas, crear documentos y hojas de cálculo, analizar información y sostener trabajos complejos con menos guía humana. Apenas unas semanas antes estábamos hablando de avances de Claude, de Opal, de diseño asistido, de agentes que usan el ordenador, de modelos de vídeo, de Seedance, de Soul Cinema y de gente montando piezas audiovisuales completas con IA. Uno intenta seguir el ritmo y a veces tiene la sensación de estar persiguiendo un tren mientras alguien, desde dentro, va cambiando las vías.
En medio de todo eso está Local Rank 942. Un proyecto que nació alrededor del SEO local, las webs, la visibilidad en Google y los pequeños negocios, pero que inevitablemente se ha ido cruzando con la IA. Cuando publiqué la primera entrada de Frecuencia 942 en las Navidades de 2025, concebí esta categoría como una vía para contar cosas que me interesan, reflexiones personales, pruebas, desahogos y otras zarandajas que no siempre encajan en un artículo SEO al uso. Pues bien, pocas cosas encajan mejor aquí que esta sensación de estar viviendo una mutación tecnológica mientras todavía estamos intentando ponerle nombre.
Porque a estas alturas casi todo el mundo cree saber qué es la IA. Y quizá ése sea uno de los primeros problemas.